{"id":2270,"date":"2009-05-04T20:22:58","date_gmt":"2009-05-04T18:22:58","guid":{"rendered":"https:\/\/www.sabado100.com.ar\/?p=2270"},"modified":"2009-05-04T20:22:58","modified_gmt":"2009-05-04T18:22:58","slug":"cuento-manuscrito-hallado-junto-a-una-mano","status":"publish","type":"post","link":"https:\/\/sabado100.com.ar\/es-ar\/cuento-manuscrito-hallado-junto-a-una-mano\/","title":{"rendered":"Cuento: manuscrito hallado junto a una mano"},"content":{"rendered":"<p>Llegar\u00e9 a Estambul a las ocho y media de la noche. El concierto de Nathan Milstein comienza a las nueve, pero no ser\u00e1 necesario que asista a la primera parte; entrar\u00e9 al final del intervalo, despu\u00e9s de darme un ba\u00f1o y comer un bocado en el Hilton. Para ir matando el tiempo me divierte recordar todo lo que hay detr\u00e1s de este viaje, detr\u00e1s de todos los viajes de los dos \u00faltimos a\u00f1os. No es la primera vez que pongo por escrito estos recuerdos, pero siempre tengo buen cuidado de romper los papeles al llegar a destino. Me complace releer una y otra vez mi maravillosa historia, aunque luego prefiera borrar sus huellas. Hoy el viaje me parece interminable, las revistas son aburridas, la hostess tiene cara de tonta, no se puede siquiera invitar a otro pasajero a jugar a las cartas. Escribamos, entonces, para aislarnos del rugido de las turbinas. Ahora que lo pienso, tambi\u00e9n me aburr\u00eda mucho la noche en que se me ocurri\u00f3 entrar al concierto de Ruggiero Ricci. Yo, que no puedo aguantar a Paganini. Pero me aburr\u00eda tanto que entr\u00e9 y me sent\u00e9 en una localidad barata que sobraba por milagro, ya que la gente adora a Paganini y adem\u00e1s hay que escuchar a Ricci cuando toca los Caprichos . Era un concierto excelente y me asombr\u00f3 la t\u00e9cnica de Ricci, su manera inconcebible de transformar el viol\u00edn en una especie de p\u00e1jaro de fuego, de cohete sideral, de kermesse enloquecida. Me acuerdo muy bien del momento: la gente se hab\u00eda quedado como paralizada con el remate esplendoroso de uno de los caprichos, y Ricci, casi sin soluci\u00f3n de continuidad, atacaba el siguiente. Entonces yo pens\u00e9 en mi t\u00eda, por una de esas absurdas distracciones que nos atacan en lo m\u00e1s hondo de la atenci\u00f3n, y en ese mismo instante salt\u00f3 la segunda cuerda del viol\u00edn. Cosa muy desagradable, porque Ricci tuvo que saludar, salir del escenario y regresar con cara de pocos amigos, mientras en el p\u00fablico se perd\u00eda esa tensi\u00f3n que todo int\u00e9rprete conjura y aprovecha. El pianista atac\u00f3 su parte, y Ricci volvi\u00f3 a tocar el capricho. Pero a m\u00ed me hab\u00eda quedado una sensaci\u00f3n confusa y obstinada a la vez, una especie de problema no resuelto, de elementos disociados que buscaban concatenarse. Distra\u00eddo, incapaz de volver a entrar en la m\u00fasica, analic\u00e9 lo sucedido hasta el momento en que hab\u00eda empezado a desasosegarme, y conclu\u00ed que la culpa parec\u00eda ser de mi t\u00eda, de que yo hubiera pensado en mi t\u00eda en mitad de un capricho de Paganini. En ese mismo instante se cay\u00f3 la tapa del piano, con un estruendo que provoc\u00f3 el horror de la sala y la total dislocaci\u00f3n del concierto. Sal\u00ed a la calle muy perturbado y me fui a tomar un caf\u00e9, pensando que no ten\u00eda suerte cuando se me ocurr\u00eda divertirme un poco.<\/p>\n<p>Debo ser muy ingenuo, pero ahora s\u00e9 que hasta la ingenuidad puede tener su recompensa. Consultando las carteleras averig\u00fc\u00e9 que Ruggiero Ricci continuaba su tourn\u00e9e en Lyon. Haciendo un sacrificio me instal\u00e9 en la segunda clase de un tren que ol\u00eda a moho, no sin dar parte de enfermo en el instituto m\u00e9dico-legal donde trabajaba. En Lyon compr\u00e9 la localidad m\u00e1s barata del teatro, despu\u00e9s de comer un mal bocado en la estaci\u00f3n, y por las dudas, por Ricci sobre todo, no entr\u00e9 hasta \u00faltimo momento, es decir hasta Paganini. Mis intenciones eran puramente cient\u00edficas (pero es la verdad, no estaba ya trazado el plan en alguna parte) y como no quer\u00eda perjudicar al artista, esper\u00e9 una breve pausa entre dos caprichos pera pensar en mi t\u00eda. Casi sin creerlo vi que Ricci examinaba atentamente el arco del viol\u00edn, se inclinaba con un adem\u00e1n de excusa, y sal\u00eda del escenario. Abandon\u00e9 inmediatamente la sala, temeroso de que me resultara imposible dejar de acordarme otra vez de mi t\u00eda. Desde el hotel, esa misma noche, escrib\u00ed el primero de los mensajes an\u00f3nimos que algunos concertistas famosos dieron en llamar las cartas negras. Por supuesto Ricci no me contest\u00f3, pero mi carta preve\u00eda no s\u00f3lo la carcajada burlona del destinatario sino su propio final en el cesto de los papeles. En el concierto siguiente -era en Grenoble- calcul\u00e9 exactamente el momento de entrar en la sala, y a mitad del segundo movimiento de una sonata de Schumann pens\u00e9 en mi t\u00eda. Las luces de la sala se apagaron, hubo una confusi\u00f3n considerable y Ricci, un poco p\u00e1lido, debi\u00f3 acordarse de cierto pasaje de mi carta antes de volver a tocar; no s\u00e9 si la sonata val\u00eda la pena, porque yo iba ya camino del hotel.<\/p>\n<p>Su secretario me recibi\u00f3 dos d\u00edas despu\u00e9s, y como no desprecio a nadie acept\u00e9 una peque\u00f1a demostraci\u00f3n en privado, no sin dejar en claro que las condiciones especiales de la prueba pod\u00edan influir en el resultado. Como Ricci se negaba a verme, cosa que no dej\u00e9 de agradecerle, se convino en que permanecer\u00eda en su habitaci\u00f3n del hotel, y que yo me instalar\u00eda en la antec\u00e1mara, junto al secretario. Disimulando la ansiedad de todo novicio, me sent\u00e9 en un sof\u00e1 y escuch\u00e9 un rato. Despu\u00e9s toqu\u00e9 el hombro del secretario y pens\u00e9 en mi t\u00eda. En la estancia contigua se oy\u00f3 una maldici\u00f3n en excelente norteamericano, y tuve el tiempo preciso de salir por una puerta antes de que una tromba humana entrara por la otra armada de un Stradivarius del que colgaba una cuerda.<\/p>\n<p>Quedamos en que ser\u00edan mil d\u00f3lares mensuales, que se depositar\u00edan en una discreta cuenta de banco que ten\u00eda la intenci\u00f3n de abrir con el producto de la primera entrega. El secretario, que me llev\u00f3 el dinero al hotel, no disimul\u00f3 que har\u00eda todo lo posible por contrarrestar lo que calific\u00f3 de odiosa maquinaci\u00f3n. Opt\u00e9 por el silencio y por guardarme el dinero, y esper\u00e9 la segunda entrega. Cuando pasaron dos meses sin que el banco me notificara del dep\u00f3sito, tom\u00e9 el avi\u00f3n para Casablanca a pesar de que el viaje me costaba gran parte de la primera entrega. Creo que esa noche mi triunfo qued\u00f3 definitivamente certificado, porque mi carta al secretario conten\u00eda las precisiones suficientes y nadie es tan tonto en este mundo. Pude volver a Par\u00eds y dedicarme concienzudamente a Isaac Stern, que iniciaba su tourn\u00e9e francesa. Al mes siguiente fui a Londres y tuve una entrevista con el empresario de Nathan Milstein y otra con el secretario de Arthur Grumiaux. El dinero me permit\u00eda perfeccionar mi t\u00e9cnica, y los aviones, esos violines del espacio, me hac\u00edan ahorrar mucho tiempo; en menos de seis meses se sumaron a mi lista Zino Francescatti, Yehudi Menuhin, Ricardo Odnoposoff, Christian Ferras, Ivry Gitlis y Jascha Heifetz. Fracas\u00e9 parcialmente con Leonid Kogan y con los dos Oistrakh, pues me demostraron que s\u00f3lo estaban en condiciones de pagar en rublos, pero por las dudas quedamos en que me depositar\u00edan las cuotas en Mosc\u00fa y me enviar\u00edan los debidos comprobantes. No pierdo la esperanza, si los negocios me lo permiten, de afincarme por un tiempo en la Uni\u00f3n Sovi\u00e9tica y apreciar las bellezas de su m\u00fasica.<\/p>\n<p>Como es natural, teniendo en cuenta que el n\u00famero de violinistas famosos es muy limitado, hice algunos experimentos colaterales. El violoncelo respondi\u00f3 de inmediato al recuerdo de mi t\u00eda, pero el piano, el arpa y la guitarra se mostraron indiferentes. Tuve que dedicarme exclusivamente a los arcos, y empec\u00e9 mi nuevo sector de clientes con Gregor Piatigorsky, Gaspar Cassad\u00f3 y Pierre Michelin. Despu\u00e9s de ajustar mi trato con Pierre Fournier, hice un viaje de descanso al festival de Prades donde tuve una conversaci\u00f3n muy poco agradable con Pablo Casals. Siempre he respetado la vejez, pero me pareci\u00f3 penoso que el venerable maestro catal\u00e1n insistiera en una rebaja del veinte por ciento o, en el peor de los casos, del quince. Le acord\u00e9 un diez por ciento a cambio de su palabra de honor de que no mencionar\u00eda la rebaja a ning\u00fan colega, pero fui mal recompensado porque el maestro empez\u00f3 por no dar conciertos durante seis meses, y como era previsible no pag\u00f3 ni un centavo. Tuve que tomar otro avi\u00f3n, ir a otro festival. El maestro pag\u00f3. Esas cosas me disgustaban mucho.<\/p>\n<p>En realidad yo deber\u00eda consagrarme ya al descanso puesto que mi cuenta de banco crece a raz\u00f3n de 17.900 d\u00f3lares mensuales, pero la mala fe de mis clientes es infinita. Tan pronto se han alejado a m\u00e1s de dos mil kil\u00f3metros de Par\u00eds, donde saben que tengo mi centro de operaciones, dejan de enviarme la suma convenida. Para gentes que ganan tanto dinero hay que convenir en que es vergonzoso, pero nunca he perdido tiempo en recriminaciones de orden moral. Los Boeing se han hecho para otra cosa, y tengo buen cuidado de refrescar personalmente la memoria de los refractarios. Estoy seguro de que Heifetz, por ejemplo, ha de tener muy presente cierta noche en el teatro de Tel Aviv, y que Francescatti no se consuela del final de su \u00faltimo concierto en Buenos Aires. Por su parte, s\u00e9 que hacen todo lo posible por liberarse de sus obligaciones, y nunca me he re\u00eddo tanto como al enterarme del consejo de guerra que celebraron el a\u00f1o pasado en Los \u00c1ngeles, so pretexto de la descabellada invitaci\u00f3n de una heredera californiana atacada de meloman\u00eda megal\u00f3mana. Los resultados fueron irrisorios pero inmediatos: la polic\u00eda me interrog\u00f3 en Par\u00eds sin mayor convicci\u00f3n. Reconoc\u00ed mi calidad de aficionado, mi predilecci\u00f3n por los instrumentos de arco, y la admiraci\u00f3n hacia los grandes virtuosos que me mueve a recorrer el mundo para asistir a sus conciertos. Acabaron por dejarme tranquilo, aconsej\u00e1ndome en bien de mi salud que cambiara de diversiones; promet\u00ed hacerlo, y d\u00edas despu\u00e9s envi\u00e9 una nueva carta a mis clientes felicit\u00e1ndolos por su astucia y aconsej\u00e1ndoles el pago puntual de sus obligaciones. Ya por ese entonces hab\u00eda comprado una casa de campo en Andorra, y cuando un agente desconocido hizo volar mi departamento de Par\u00eds con una carga de pl\u00e1stico, lo celebr\u00e9 asistiendo a un brillante concierto de Isaac Stern en Bruselas -malogrado ligeramente hacia el final- y envi\u00e1ndole unas pocas l\u00edneas a la ma\u00f1ana siguiente. Como era previsible, Stern hizo circular mi carta entre el resto de la clientela, y me es grato reconocer que en el curso del \u00faltimo a\u00f1o casi todos ellos han cumplido como caballeros, incluso en lo que se refiere a la indemnizaci\u00f3n que exig\u00ed por da\u00f1os de guerra.<\/p>\n<p>A pesar de las molestias que me ocasionan los recalcitrantes, debo admitir que soy feliz; incluso su rebeld\u00eda ocasional me permite ir conociendo el mundo, y siempre le estar\u00e9 agradecido a Menuhin por un atardecer maravilloso en la bah\u00eda de Sydney. Creo que hasta mis fracasos me han ayudado a ser dichoso, pues si hubiera podido sumar entre mis clientes a los pianistas, que son legi\u00f3n, ya no habr\u00eda tenido un minuto de descanso. Pero he dicho que fracas\u00e9 con ellos y tambi\u00e9n con los directores de orquesta. Hace unas semanas, en mi finca de Andorra, me entretuve en hacer una serie de experimentos con el recuerdo de mi t\u00eda, y confirm\u00e9 que su poder s\u00f3lo se ejerce en aquellas cosas que guardan alguna analog\u00eda -por absurda que parezca- con los violines. Si pienso en mi t\u00eda mientras estoy mirando volar a una golondrina, es fatal que \u00e9sta gire en redondo, pierda por un instante el rumbo, y lo recobre despu\u00e9s de un esfuerzo. Tambi\u00e9n pens\u00e9 en mi t\u00eda mientras un artista trazaba r\u00e1pidamente un croquis en la plaza del pueblo, con l\u00edricos vaivenes de la mano. La carbonilla se le hizo polvo entre los dedos, y me cost\u00f3 disimular la risa ante su cara estupefacta. Pero m\u00e1s all\u00e1 de esas secretas afinidades. En fin, es as\u00ed. Y nada que hacer con los pianos.<\/p>\n<p>Ventajas del narcisismo: acaban de anunciar que llegaremos dentro de un cuarto de hora, y al final resulta que lo he pasado muy bien escribiendo estas p\u00e1ginas que destruir\u00e9 como siempre antes del aterrizaje. Lamento tener que mostrarme tan severo con Milstein, que es un artista admirable, pero esta vez se requiere un escarmiento que siembre el espanto entre la clientela. Siempre sospech\u00e9 que Milstein me cre\u00eda un estafador, y que mi poder no era para \u00e9l otra cosa que el ef\u00edmero resultado de la sugesti\u00f3n. Me consta que ha tratado de convencer a Grumiaux y a otros de que se rebelen abiertamente. En el fondo proceden como ni\u00f1os, y hay que tratarlos de la misma manera, pero esta vez la correcci\u00f3n ser\u00e1 ejemplar. Estoy dispuesto a estropearle el concierto a Milstein desde el comienzo; los otros se enterar\u00e1n con la mezcla de alegr\u00eda y de horror propia de su gremio, y pondr\u00e1n el viol\u00edn en remojo por as\u00ed decirlo.<\/p>\n<p>Ya estamos llegando, el avi\u00f3n inicia su descenso. Desde la cabina de comando debe ser impresionante ver c\u00f3mo la tierra parece enderezarse amenazadoramente Me imagino que a pesar de su experiencia, el piloto debe estar un poco crispado, con las manos aferradas al tim\u00f3n. S\u00ed, era un sombrero rosa con volados, a mi t\u00eda le quedaba tan<\/p>\n<p>(circa 1955)<\/p>\n<p>Fuente: revista ADN cultura del diario La Naci\u00f3n, Buenos Aires, 2 de mayo de 2009.<\/p>\n","protected":false},"excerpt":{"rendered":"<p>Anticipo de un libro con cuentos in\u00e9ditos, cr\u00f3nicas y art\u00edculos que trazan un mapa del mundo del gran escritor argentino.<\/p>\n<p>Por Julio Cort\u00e1zar<\/p>\n","protected":false},"author":3,"featured_media":0,"comment_status":"open","ping_status":"closed","sticky":false,"template":"","format":"standard","meta":{"site-sidebar-layout":"default","site-content-layout":"","ast-site-content-layout":"default","site-content-style":"default","site-sidebar-style":"default","ast-global-header-display":"","ast-banner-title-visibility":"","ast-main-header-display":"","ast-hfb-above-header-display":"","ast-hfb-below-header-display":"","ast-hfb-mobile-header-display":"","site-post-title":"","ast-breadcrumbs-content":"","ast-featured-img":"","footer-sml-layout":"","ast-disable-related-posts":"","theme-transparent-header-meta":"","adv-header-id-meta":"","stick-header-meta":"","header-above-stick-meta":"","header-main-stick-meta":"","header-below-stick-meta":"","astra-migrate-meta-layouts":"default","ast-page-background-enabled":"default","ast-page-background-meta":{"desktop":{"background-color":"var(--ast-global-color-4)","background-image":"","background-repeat":"repeat","background-position":"center center","background-size":"auto","background-attachment":"scroll","background-type":"","background-media":"","overlay-type":"","overlay-color":"","overlay-opacity":"","overlay-gradient":""},"tablet":{"background-color":"","background-image":"","background-repeat":"repeat","background-position":"center center","background-size":"auto","background-attachment":"scroll","background-type":"","background-media":"","overlay-type":"","overlay-color":"","overlay-opacity":"","overlay-gradient":""},"mobile":{"background-color":"","background-image":"","background-repeat":"repeat","background-position":"center center","background-size":"auto","background-attachment":"scroll","background-type":"","background-media":"","overlay-type":"","overlay-color":"","overlay-opacity":"","overlay-gradient":""}},"ast-content-background-meta":{"desktop":{"background-color":"var(--ast-global-color-5)","background-image":"","background-repeat":"repeat","background-position":"center center","background-size":"auto","background-attachment":"scroll","background-type":"","background-media":"","overlay-type":"","overlay-color":"","overlay-opacity":"","overlay-gradient":""},"tablet":{"background-color":"var(--ast-global-color-5)","background-image":"","background-repeat":"repeat","background-position":"center center","background-size":"auto","background-attachment":"scroll","background-type":"","background-media":"","overlay-type":"","overlay-color":"","overlay-opacity":"","overlay-gradient":""},"mobile":{"background-color":"var(--ast-global-color-5)","background-image":"","background-repeat":"repeat","background-position":"center center","background-size":"auto","background-attachment":"scroll","background-type":"","background-media":"","overlay-type":"","overlay-color":"","overlay-opacity":"","overlay-gradient":""}},"footnotes":""},"categories":[4],"tags":[],"class_list":["post-2270","post","type-post","status-publish","format-standard","hentry","category-cultura-y-sociedad"],"yoast_head":"<!-- This site is optimized with the Yoast SEO plugin v23.2 - https:\/\/yoast.com\/wordpress\/plugins\/seo\/ -->\n<title>Cuento: manuscrito hallado junto a una mano - Sabado 100<\/title>\n<meta name=\"robots\" content=\"index, follow, max-snippet:-1, max-image-preview:large, max-video-preview:-1\" \/>\n<link rel=\"canonical\" href=\"https:\/\/sabado100.com.ar\/es-ar\/cuento-manuscrito-hallado-junto-a-una-mano\/\" \/>\n<meta property=\"og:locale\" content=\"es_ES\" \/>\n<meta property=\"og:type\" content=\"article\" \/>\n<meta property=\"og:title\" content=\"Cuento: manuscrito hallado junto a una mano - Sabado 100\" \/>\n<meta property=\"og:description\" content=\"Anticipo de un libro con cuentos in\u00e9ditos, cr\u00f3nicas y art\u00edculos que trazan un mapa del mundo del gran escritor argentino. 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