Las consecuencias de lo ocurrido en la escuela de San Cristóbal

Se trata del editorial del programa “Sábado 100” por radio El Espectador (FM 100,1) de Rafaela. En vez de llegar tarde como lo ocurrido, las alertas deben funcionar en las familias, las escuelas y los organismos del Estado para evitar males mayores.

Por Emilio Grande (h.).- A decir verdad, produjo una gran conmoción el inconcebible asesinato de Ian Cabrera de 13 años al recibir un balazo de Gino C. de 15 años en la escuela Moreno de la ciudad San Cristóbal, ubicada a 110 km de Rafaela.

Rápida de reflejos, la dirigencia política provincial se movilizó hasta la cabecera del departamento San Cristóbal, mostrándose sorprendida por el lamentable hecho policial, que tuvo repercusión en los medios de comunicación nacional.

En nuestra ciudad fueron deplorables las palabras del concejal Fabricio Dellasanta de LLA al decir que el adolescente “actuó en defensa propia”, saliendo al cruce todos los concejales incluida su compañera de bloque Milagros Zafra, repudiando los dichos y exigiendo una rectificación pública. Luego el libertario envió una nota formal al cuerpo legislativo, pidiendo disculpas.

Con el paso de los días fue emergiendo información sobre este adolescente que sufría el denominado bullying (intimidación), antecedentes de autolesiones y llevó la escopeta de su abuelo en la funda de una guitarra a la escuela, en un ambiente familiar dividido con el padre en la provincia de Entre Ríos. Si no fuera por el asistente escolar Fabio Barreto, quien valientemente se abalanzó sobre el estudiante, la tragedia podría haber sido con mayores víctimas fatales.

Luciana Mazzei (magíster en orientación familiar de Rafaela) opinó que “cuando las emociones se desbordan y no hay un espacio de diálogo donde canalizarlas saludablemente, se llevan al acto o se adormecen con sustancias o alcohol. El desborde emocional lastima y hay que sacarlo, aparecen los golpes, las autolesiones, desórdenes alimenticios, daños a bienes propios y de terceros, intentos de suicidio o lastimar a otros”.

Ciertamente, no se puede negar la grave realidad de permanente violencia verbal y física que vivimos los argentinos en todos los niveles sociales, pero en la medida que se magnifica este hecho puntual por los mass media y las redes sociales produce un efecto “cascada”, que termina replicándose en otros lugares.

A título de ejemplos, en la ciudad de Sunchales un adolescente fue detenido por amenazas por las redes sociales y le secuestraron un revólver con municiones; en Rafaela hubo amenazas virales por las redes, haciendo una denuncia la directora Romina Indelman de la Escuela Técnica Malvinas Argentinas; un niño llevó un arma de aire comprimido en la escuela Alberdi; otros casos de niños con revólveres de juguetes en las escuelas Rivadavia y Paul Harris, todos en nuestra ciudad, generando un inusual despliegue policial.

Al mismo tiempo, viene generando una psicosis social, especialmente en el ámbito educativo, faltando alumnos a las escuelas amenazadas, los padres están desesperados, y los docentes, los asistentes escolares y los directivos tienen miedo.

Este drama es un síntoma de la toxicidad que circula en distintos ambientes por la ruptura de los vínculos sociales. El obispo emérito de Viedma Miguel Hesayne advirtió en 2013 que “basta escuchar o leer las noticias de cada día para diagnosticar que la Argentina está muy enferma. Está enferma en todos los niveles de la sociedad: en la relación familiar comenzando por los esposos; en las relaciones sociales y políticas; en las relaciones sindicales y empresariales, y en las relaciones religiosas. Muchas voces se levantan para dar solución al ´mal argentino´ que corre el riesgo de degenerar en un mal indeleble o crónico que lleve a una Argentina sin solución. Una Argentina sin futuro y que tome el camino de la desaparición como tantos poderosos imperios o naciones que se los recuerda por hazañas pasadas”.

Finalmente, el respeto entre las personas empieza en la familia, que es la célula básica de la sociedad, pero hoy está desintegrada por distintas causas que influyen en la falta de tolerancia entre sus integrantes, el exceso de carga laboral para llegar a fin de mes, sumado a la invasión que produce la “caja boba” de la televisión y la irrupción de las redes sociales desde hace unos años, que terminan rompiendo el diálogo y la escucha de los problemas cotidianos. En vez de llegar tarde como lo ocurrido en San Cristóbal, las alertas deben funcionar en las familias, las escuelas y los organismos del Estado para evitar males mayores.

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