Por Emilio Grande (h.).- Años atrás parecía que los hechos de corrupción eran patrimonio de un gobierno o de un partido político. A decir verdad, la corrupción está enquistada en el poder en casi todos los niveles: políticos, económicos, empresariales, gremiales, sociales, eclesiales, entre otros, con dos partes bien definidas: el que ofrece un dinero sucio y el que lo acepta.
En nuestro país hay sobrados ejemplos durante los tres gobiernos kirchneristas con funcionarios presos, que incluyó a la ex presidente Cristina Fernández, quien cumple la condena en su domicilio debido a su edad con una tobillera electrónica.
Cuando llegó Milei al poder en 2023 parecía que venía a terminar con los negociados de la casta, pero se equivocaron los pronosticadores de turno. También hay hechos de corrupción y, recientemente, tuvo que renunciar el jefe de Gabinete Manuel Adorni por varias denuncias judiciales, que no puede justificar, y se encamina a ser condenado.
Al respecto, la profesora americana Susan Rose-Ackerman sostiene que el sistema de representación política que tiene la Argentina favorece la corrupción. Dice que “de acuerdo con los estudios estadísticos, la peor combinación, la que más alienta la corrupción, es la de un sistema político basado en un presidente con amplios poderes y legisladores elegidos por un sistema de representación proporcional”.
La citada estudió durante tres décadas la corrupción en todas sus variantes y formas: la institucional, la de poca monta, la política, la empresarial, la de los capitalistas y la de los comunistas, la de los sistemas parlamentarios y presidencialistas.
La gente puede hablar de lo que vive, del policía que le pide unos pesos de coima. Pero Rose-Ackerman aclara que “también está la corrupción en los niveles altos como en las privatizaciones y en las concesiones, a los que no llega la mayoría de los ciudadanos”.
Más allá de jugar la selección nacional la final del Mundial en Estados Unidos este domingo, el fútbol argentino tiene uno de los peores campeonatos comparados con otros países, donde la corrupción aflora por todos lados, especialmente en los cuestionados arbitrajes en todos los torneos que dan asco por los descarados desempeños arbitrales. Lo más criticable son los clubes, entre ellos Atlético y 9 de Julio de nuestra ciudad, que terminan apoyando con banderas al inicio de los partidos cuando son cuestionadas las matufias del presidente de la AFA Claudio Tapia y el tesorero Pablo Toviggino.
En el mundo hay cientos de casos de corrupción en todos los niveles. Me voy a detener en la denigrante intromisión del presidente americano Donald Trump, presionando al titular de la FIFA Gianni Infantino para que levantara la sanción al jugador Folarin Balogun de los Estados Unidos en el campeonato mundial, a lo que accedió el tribunal disciplinario del ente organizador.
En este contexto, Michael Elliott y Sudarsan Raghavan escribieron una columna de opinión titulada “A veces, un poco de corrupción ayuda” (Sometimes, a little corruption helps) en “Newsweek” (14 de diciembre de 1994), opinando que “los países con tradición de corrupción también necesitan pagar a los burócratas un salario digno, incentivar a los denunciantes en la prensa y el poder judicial, y fomentar un sentido general de civismo. Lamentablemente, no es algo que se logre de la noche a la mañana”.
Finalmente, lo peor que nos puede pasar como sociedad es acostumbrarnos a los casos de corrupción a nivel nacional e internacional como hechos positivos cuando en realidad lesionan la credibilidad de las instituciones públicas y privadas, y del sistema democrático: todavía estamos a tiempo de revertirlo…








