Por María Inés Vincenti.- A partir de 1881, el departamento Castellanos incorporó sus tierras a la producción de un modo vertiginoso mediante colonias agrícolas y unas pocas estancias. Los propietarios territoriales tomaron la decisión de vender sus tierras, en concesiones -circa 33 hectáreas- y a plazos a los inmigrantes, que esos años arribaron en forma masiva. Lo particular es que la colonización generó el acceso la propiedad de la tierra para los colonos: en 1906 el 73% de la superficie estaba en manos de propietarios, hecho que posibilitó la conformación de una sociedad con una interesante distribución de la riqueza. Las colonias fueron un enclave de la Italia piamontesa donde se establecieron familias y mediante el trabajo mancomunado, con la inclusión de la mujer, en la actividad casi exclusiva del cultivo del trigo y una vida caracterizada por la austeridad se logró la acumulación de capital que trajo como consecuencia -junto a la alta rentabilidad de la agricultura cerealera en un mundo que demandaba alimentos- la propiedad de la tierra para los colonos.
Las características tecnológicas del cultivo del trigo condujeron a un mayor asentamiento demográfico que el existente en épocas o lugares de predominio ganadero. Asimismo, la distribución más equilibrada de los ingresos prevaleciente en las regiones cerealeras provocó una mayor demanda de bienes y servicios que se producían dentro del espacio y todo ello originó el surgimiento de nuevos poblados.
En la mayoría de las colonias del departamento Castellanos habían emergido con profusión pequeños pueblos, pero los que más se desarrollaron fueron los atravesados por una vía férrea cuyo entramado había fecundado notablemente en esos años. De todos ellos, el que más progresó fue el de la colonia Rafaela. Su espectacular crecimiento se debió al hecho de haberse transformado, entre 1885 y 1890, en un nudo de encrucijada ferroviaria cuando fue atravesada por cuatro líneas férreas que la comunicaron intra y extra regional, y prontamente desplegó un abanico de actividades económicas diversas que la definieron como “centro urbano” regional.
Se conformó en él una sociedad, que sin perder su atributo de italianidad, fue más cosmopolita que en sus vecinas departamentales, no solo por la presencia de otras nacionalidades en el grupo de los extranjeros sino también y sobre todo a partir de 1895, por la llegada de migrantes internos. Fue una sociedad abierta, sin discriminaciones étnicas en el campo laboral, aunque, en términos generales, los extranjeros estuvieron mejor posicionados que los nativos.
En 1912 Rafaela contabilizaba 8.242 pobladores y continuaban expandiéndose una serie de actividades económicas diferenciadas, con un número sólido de comerciantes y un incipiente grupo con pequeños talleres: mecánicos, herreros, hojalateros y algunos industriales. Asimismo, era muy notable la cantidad de oficios vinculados a la construcción que indicaban la presencia de un sitio que crecía demográficamente y al mismo tiempo respondía a una población con excedente de capital que le posibilitaba acceder a un mayor confort y simbolizar el éxito económico logrado. Por otro lado, es notable el escaso empleo público y la elevada proporción de propietarios de bienes raíces que, en el caso de los varones y considerando a los mayores de 21 años, alcanza el 58%.

Asimismo, era una población donde las asociaciones intermedias habían fructificado con notable caudal y el Estado, tanto nacional como provincial, tenía escasa presencia. El orgullo local por los logros económicos obtenidos ya en ese entonces era sólido, tal como puede leerse en la edición del 3 de octubre de 1909 del periódico local Il Grillo:
“Y así hasta hoy tenemos más bancos y casas de comercio; más periódicos e industrias; centros sociales e institutos, y, en fin, todo aquello que es menester para encaminar a su desarrollo moral y material aun pueblo que aspira a altos destinos. Los que asistimos al proceso de todo esto, medimos y evaluamos mejor que nadie nuestro progreso. Y debemos repetirlo, poco más tiempo que lo que un niño precisa para hacerse hombre fue suficiente para dar a Rafaela todo lo que tiene”.
En lo que era un espacio vacío en 1880, en tres quinquenios, la formación de colonias agrícolas produjo la explosión demográfica más intensa de la provincia de Santa Fe. Un verdadero aluvión de inmigrantes, abrumadoramente italianos del norte, produjo la transformación y la convirtió en “la región más gringa de la pampa gringa”.
La colonia Rafaela fue uno de esos enclaves de la Italia piamontesa que hacía pensar, como lo expresaban los informes de los representantes de ese país en la Argentina, que se estaba en alguna de las pequeñas villas o en la campiña de Torino o Cúneo, donde se establecieron familias, en muchos casos el grupo parental, con mayores índices de masculinidad en los primeros años del asentamiento. Sin sociedad receptora nativa se conformó una comunidad sumamente homogénea donde los extranjeros lograron imponer sus pautas culturales.
La rapidez del proceso de incorporación de las concesiones a la producción agrícola y el trabajo mancomunado de los niños, adultos y ancianos y no solo de los varones sino también de las mujeres en la actividad casi excluyente y exclusiva de la agricultura cerealera, son otras peculiaridades que se torna pertinente subrayar.
A pesar del calificativo de ciudad, a partir del 26 de enero de 1913, Rafaela no había perdido su lugar de espacio al que no se le podía sacar su nota de ruralidad.
Así éramos cuando el pueblo de la colonia Rafaela comenzó a contar con un gobierno local según la normativa vigente para el régimen municipal de la jurisdicción de Santa Fe. El intendente era elegido por el gobierno provincial, pero los vecinos comenzaron a votar a los miembros del Concejo Municipal. El proceso fue lento y conflictivo, puesto que había que “crear ciudadanía”.
La autora rafaelina es integrante Junta Provincial de Estudios Históricos.








