Nos dejó “Quique” Monteverde

Personaje de Rafaela vinculado al Rotary Club, siguiendo una tradición familiar ya que los padres siempre se comprometieron con esa institución. Llegó a ser gobernador del distrito binacional 4945. También entregó sus haceres en la Sociedad Española, otra institución muy activa en la ciudad; fue gestor de esa hermandad con la andaluza Carcabuey.

Por Ricardo Miguel Fessia.- Partió «Quique» Monteverde. Este viernes 11 de septiembre, nos abandonó cuando tenía apenas 77 años. Alfredo Enrique su nombre completo, pero era más conocido por el mote. Caminaba por los pasillos de la Facultad y me llega la infausta noticia al móvil, esa que uno nunca quiere recibir, que genera cierto vacío y aflicción.

Personaje de Rafaela vinculado al Rotary Club siguiendo una tradición familiar ya que los padres siempre se comprometieron con esa institución. Llegó a ser gobernador del Distrito Binacional 4945.

También entregó sus haceres en la Sociedad Española, otra institución muy activa en la ciudad; fue gestor de esa hermandad con la andaluza Carcabuey -de la cual descendía Muriel, entre otros-. En el complejo mosaico ibérico, su pertenencia era con la provincia de Navarra.  

Fue docente desde el primer momento -1975- de la Universidad Tecnológica Nacional de Rafaela, incluso por un tiempo integró en Consejo. Dictaba el espacio de “Legislación”.

Mi acercamiento viene de nuestro lugar en común -aparte de la Perla del Oeste- que fue la Facultad de Ciencia Jurídicas y Sociales de la Universidad Nacional del Litoral.

Estudiamos en tiempos distintos al punto que cursé «Navegación» en la cátedra que él integraba, creo que en el 81.

Las clases de “Quique” eran por la tarde noche. Miércoles o jueves. Llegaba con su Peugeot 504 desde Rafaela y lo dejaba bien frente a la puerta de la Facultad. Por esos días no había los problemas actuales de estacionamiento y de cobro del mismo. Por bastante tiempo, recuerdo que el vehículo tenía algún inconveniente, de forma que cuando terminaba la clase, bien de noche, había que acompañar al profesor hasta su vehículo y se montaba para que nosotros empujáramos hasta que arranque. Antes comentaba, con tono muy serio y algo preocupado, que tenía un problemita que no le podía solucionar el mecánico. Luego, cuando el vehículo se perdía al doblar por San Gerónimo, les comentaba a mis compañeros que en la ciudad teníamos dos fábricas de baterías (Marozzi y Williner).

Sus clases eran floridas ya que el púlpito universitario se presta para desarrollar con toda su diversidad esa verborragia que lo caracteriza.

En todos los cursos y no menos de tres o cuatro veces, recordaba su actuación en el Aero Club de Rafaela. También traía a cuento lo del Rotary, como no, si bien poco tenía que ver con el espacio curricular, era algo a lo que dedicaba mucha fuerza creativa. 

Algunos compañeros, en tono de cargada, me preguntaban por la “costanera de Rafaela” para entender como siendo un lugar mediterráneo podría uno de sus hijos encargarse del estudio de esta disciplina: “Derecho de la navegación”.

No era fácil verlo callado, como que no había tema que no «meta un bocadillo”.

Luego pasamos a compartir el espacio de Bedelía, ese lugar de encuentro de los profesores que vamos por los registros, saber que aula nos otorgaron y hacer alguna charla con colegas, previo saludo a los empleados; por esos días, «Baby» Saucedo, Stellita Lehonard y demás.

Coincidíamos en el horario -yo entraba y él terminaba- y siempre surgían temas rafaelinos, de la vida cotidiana, de las cuestiones políticas, de los chismes. Aprovechaba para ponerme al día y sabía del gusto que le era poder desplegar su vozarrón con los otros contertulios.

Por varios años tuvo su estudio jurídico al lado de nuestra casa, en la primera cuadra de calle Ituzaingó. De forma que, en algunos cruces, a veces tarde, ya entrada la noche, departíamos un rato.

Hablé por teléfono hace poco con motivo de un trabajo mío sobre un profesor de Navegación que publicamos en el portal de la cátedra y nuevamente se extendió sine die: es su tema y nos remontamos a los días con Federico Ortíz de Guinea y otros tantos profesores y participaciones en reuniones académicas en distintos escenarios.

Su compromiso con la comunidad lo había llevado a vincularse a la política y para los comicios de octubre de 1973 fue candidato a intendente por el Partido Demócrata Cristiano. No recibieron el apoyo que estaban, pero fue una oferta en esa primavera democrática cuando el pueblo le encomendó los destinos de la ciudad al profesor Virgilio Cordero.

Sentimos su fallecimiento, saludamos con el pésame a su hija -también colega- familiares.

Un ser querible. QEPD.

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