Por Emilio Grande (h.).- El 5 de junio se celebró el Día Mundial del Medio Ambiente, una fecha importante de las Naciones Unidas para promover la acción climática, frenar la crisis ambiental y fomentar la conciencia ciudadana sobre la protección de los recursos naturales del planeta.
Este día fue instaurado por la ONU en 1972 durante la Conferencia de Estocolmo (capital de Suecia), marcando el inicio de las políticas ambientales a nivel internacional, funcionando como una plataforma global que reúne a gobiernos, empresas y ciudadanos para hacer frente a desafíos urgentes como el cambio climático, la pérdida de biodiversidad y la contaminación.
Lamentablemente, en las últimas décadas se fueron profundizando distintas acciones contaminantes en el mundo, especialmente las grandes potencias (EE.UU., China, India, Rusia, entre otras), a través de la emisión de gases de invernadero, la deforestación indiscriminada para dar paso a la soja, la contaminación de océanos y ríos, los vertidos industriales, la polución ambiental, por citar algunos ejemplos, generando el recalentamiento global con temperaturas extremas, sequías y grandes inundaciones.
El papa Francisco definió el cuidado de la “casa común” como un imperativo moral urgente que exige una «ecología integral». Su mensaje central, plasmado en la encíclica Laudato Si’ (24 de mayo de 2015), conectó indisolublemente la protección del medio ambiente con la justicia social.
Sostuvo que el medio ambiente y la sociedad están profundamente interconectados. Por ello, el clamor de la naturaleza y de los más vulnerables deben atenderse juntos. El planeta es una herencia compartida y una casa que nos fue dada para habitarla, cultivarla y protegerla, pensando siempre en las generaciones futuras. Critica fuertemente la cultura del descarte y un modelo económico tecnocrático y desenfrenado que explota los recursos y excluye a los marginados.
Al respecto, Bergoglio especificó en la encíclica: “El paradigma tecnocrático también tiende a ejercer su dominio sobre la economía y la política. La economía asume todo desarrollo tecnológico en función del rédito, sin prestar atención a eventuales consecuencias negativas para el ser humano. Las finanzas ahogan a la economía real. No se aprendieron las lecciones de la crisis financiera mundial y con mucha lentitud se aprenden las lecciones del deterioro ambiental”.
Nuestra ciudad no escapa a los problemas regionales, nacionales e internacionales. Durante décadas hubo un pasivo ambiental en las empresas frigoríficas, lácteas y curtidoras, generando contaminación en los canales norte y sur, volcando en los arroyos hacia el este, que desembocan en los ríos Salado y Paraná, produciendo la mortandad de peces.
Recientemente, organizaciones civiles, vecinos, científicos y profesionales independientes (arquitectos, ingenieros, biólogos, licenciados, entre otros) presentaron en el Municipio la propuesta del proyecto Arroyos Vivos, una iniciativa integral para recuperar espacios verdes ribereños y mejorar la calidad de vida urbana mediante soluciones basadas en la naturaleza, investigación y participación comunitaria, solicitando la formalización de un convenio entre CONICET y la Municipalidad de Rafaela. Se trata de un modelo de gestión hídrica que trabaja con la naturaleza para restaurar ecosistemas, atenuar riesgos y generar servicios ambientales concretos. Más allá de la infraestructura convencional, estas intervenciones aportan beneficios sociales y económicos: más áreas verdes, recreación segura, educación ambiental y mayores motivos para que familias y jóvenes desarrollen su vida en la ciudad.
Finalmente, el medio ambiente constituye la “casa común” que habitamos todos los ciudadanos, en un contexto muy complejo debido a las consecuencias descriptas que prioriza al “racionalismo instrumental”, cuyo único objetivo es el crecimiento sin límites que produce graves desequilibrios ecológicos inconmensurables.








