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“La libertad madura requiere un nosotros del que todos seamos parte”

Expresó Alejandro Sola (párroco de Sagrado Corazón) en la homilía del Tedeum en la Catedral San Rafael ante la presencia de autoridades locales y provinciales. “La libertad se vuelve madura cuando abandona el narcisismo adolescente, los intereses egoístas de corto plazo, los enfrentamientos estériles que son alimentados por el dogmatismo ideológico o por la autosuficiencia”, destacó.

Por Emilio Grande (h.).- En el marco de las celebraciones del 25 de Mayo en nuestra ciudad, esta mañana se ofició el tradicional Tedeum en la Catedral San Rafael, presidido por Ariel Botto (párroco de San Antonio) y concelebrado por Alejandro Mugna (párroco de San Rafael) y Alejandro Sola (párroco de Sagrado Corazón).

Estuvieron presentes el intendente Leonardo Viotti, la presidente del Concejo Municipal Mabel Fossatti, el senador provincial por el departamento Castellanos Alcides Calvo, el diputado provincial Juan Argañaraz, el jefe del Escuadrón Vial Rafaela de Gendarmería Nacional Roque Zanabria, el jefe de la División Operaciones de la URV de Policía Ricardo Biassoni, funcionarios municipales y provinciales, concejales, dirigentes de instituciones, abanderados de escuelas secundarias, entre otros.

La ceremonia incluyó tres lecturas de la Biblia, el rezo del padrenuestro, una oración de san Francisco de Asís (se cumplen 800 años de su muerte) y una oración del Tedeum. A continuación, se comparte la interesante y reflexiva homilía brindada por Sola:

En este día queremos dar gracias a Dios por nuestra patria, por las personas que fueron protagonistas de acontecimientos históricos que hoy nos hacen ser nación.

A pesar del contexto de incertidumbre de aquella época; de las tensiones que existieron por las perspectivas distintas sobre cómo afrontar la realidad de aquel momento y cómo proyectarse hacia adelante; en mayo de 1810, en modo pacífico, se inició un cambio profundo e irreversible que madurará seis años después en la declaración de nuestra independencia.

La libertad requiere un camino de emancipación; de quebrar cadenas. El Señor nos refiere este aspecto, al aludir a los destinatarios de la buena noticia del Reino que Él inaugura con su presencia y su acción salvadora: «he venido a anunciar la liberación a los cautivos, la vista a los ciegos, la libertad a los oprimidos». También san Pablo, recuerda a los romanos «que no han recibido un espíritu de esclavos». Vemos, así como el crecimiento del Reino está vinculado a una condición nueva de vida en las personas.

De esta manera, la Palabra nos ilumina y ensancha el horizonte de nuestra comprensión. La emancipación no se alcanza solo por la conquista de algo; de un territorio o de un gobierno propio. La patria comporta no sólo alcanzar algo propio sino principalmente reconocer como propio a alguien, a otros, a todos. Más allá de que tengamos territorio y gobierno propio, seguimos encadenados como nación si hoy siguen existiendo entre nosotros pobres, cautivos, ciegos y oprimidos. La patria se conquista y se defiende primeramente en el terreno sagrado de la dignidad de cada persona que habita nuestro suelo. Dignidad garantizada por Dios que «nos ha hecho hijos, herederos suyos y coherederos con Cristo». Dignidad compartida que nos hace hermanos: por eso siento al otro como propio, como familia.

De esta forma también se hace más grande nuestra comprensión acerca de la libertad: no puedo excluir al otro en su definición. La libertad no consiste sólo en no depender de los demás. La libertad se vuelve madura cuando abandona el narcisismo adolescente, los intereses egoístas de corto plazo, los enfrentamientos estériles que son alimentados por el dogmatismo ideológico o por la autosuficiencia; esas vendas espirituales que no nos permiten reconocer nuestras propias fragilidades (que las tenemos todos) y tampoco nos permite reconocer la riqueza de los dones ajenos (ninguno de nosotros puede solo; siempre habrá algo bueno que el otro me pueda aportar).  

El papa Francisco nos recordaba (y esto nos puede ayudar a quienes tenemos responsabilidades en el ámbito empresario, sindical, social, religioso, político… sea en la gestión o en el control de la misma) algunas coordenadas para vivir una libertad madura y una madurez que libera:

1) El todo es más grande que la parte: no dejemos de buscar el bien común; que nadie quede afuera de la mesa de la vida; que nadie quede afuera del bien que busca nuestro corazón y nuestras acciones.

2) La realidad es más rica que la idea: este principio nos previene de la sordera interior. No perdamos el diálogo con los acontecimientos concretos, con los rostros y las historias concretas; abramos ámbitos de escucha en los que podamos enriquecernos con el pensamiento y la participación del otro. Escuchar es de sabios, no de débiles.

3) La unidad supera al conflicto: las tensiones son parte de la vida; pero existen valores y vínculos que nos unen (puestos por Dios mismo) que son superiores a aquello que nos diferencia. Mi identidad no se fortalece cuando me corto solo, cuando decido empezar de cero sin reconocer lo bueno de lo que me precedió, cuando hago la mía o con la mía. No tengo más autoridad cuando insulto, degrado o cancelo al distinto. Crezco cuando logro integrar a los demás a mi vida… cuando soy capaz de abrir mi yo para construir un verdadero nosotros.

4) El tiempo es superior al espacio: nos invita a evitar la especulación por el beneficio inmediato, la lucha por retener un espacio de poder, un lucro circunstancial, una posición pasajera. Se nos invita a levantar la mirada; a ver un poco más allá. A un proyecto de mediano y largo plazo, que comprenda y respete los procesos personales y sociales con paciencia, perseverancia, esfuerzo y búsqueda de bien para las generaciones presentes y las futuras.

Si prestamos atención, estos criterios fueron asumidos, en distinta medida, por muchos de nuestros próceres. De este modo dejaron su huella en nuestra historia como patria.  

La libertad es cortar cadenas… sí, pero es mucho más también. Es la capacidad de dar respuesta; de hacerme cargo del bien mayor que hoy se pone en juego. De hacerme responsable del hermano que hoy se me confía recibir, acompañar y amar, como propio. Somos libres cuando el corazón se abre a un nosotros del que todos podemos sentirnos parte. Esta es la libertad de los hijos y de los hermanos para la que el Señor nos ha liberado. Esta es la libertad con la que nosotros también, aquí y hoy, estamos llamados a hacer patria.

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