Por Emilio Grande (h.).- En el marco de la Semana Santa con el foco puesto en el triduo pascual de la pasión, la muerte y la resurrección de Jesús, fue entrevistado el obispo diocesano Pedro Torres, temporalmente radicado en la localidad de Soledad en el departamento San Cristóbal, por la falta de curas, en el programa Sábado 100 por radio El Espectador (FM 100,1) de Rafaela.
“Estamos invitados a mirar a Jesús, a acoger su amor, a descubrir quién es él para nosotros. La liturgia de este Ciclo A nos invita mucho a renovar el bautismo, ha sido un ciclo catecumenal de los domingos, descubriendo que Jesús es nuestra paz. Él es el camino, la verdad y la vida; el único que tiene palabras de vida eterna. Celebramos esta Semana Santa como una prolongación del Jubileo de la Esperanza con un regalo que nos ha hecho el papa León XIV, invitando a mirar la figura de Francisco de Asís, quien vivió su pascua hace 800 años (se cumple el 3 de octubre); fue un hombre que vivió con simplicidad y alegría el evangelio, con una identificación con Cristo en la que su meditación de la Pascua lo llevó a que su cuerpo se manifestaran los estigmas; peregrinó hasta Tierra Santa, lugar que hoy está en guerra, buscando la paz y el diálogo. Ese mensaje vale para todo el mundo, especialmente para nuestras familias, los lugares de trabajo, la convivencia cotidiana, la educación. La violencia no es el camino, tenemos que ser instrumentos de paz. Jesús decía ´felices los que trabajan por la paz porque serán llamados hijos de Dios´ (Mt. 5, 9); en la vigilia pascual vamos a renovar esa conciencia de hijos en el Hijo”, destacó.
-En tu carta pastoral de cuaresma retomaste la asamblea diocesana del 2021 con los objetivos general y los 4 específicos y los hechos significativos, ¿cómo se avanza en una pastoral orgánica en clave sinodal y misionera?
-Estos objetivos los fuimos trabajando en estos años como escuchar sin juzgar, acompañar, la familia y la vida. Fue un regalo de la Providencia esa asamblea y después nos mostró en sintonía con lo que va caminando la Iglesia con tareas y objetivos comunes, que es el modo de caminar juntos. Este año el tema es la misión, pero el primer misionado tiene que ser el corazón de cada uno, “dando se recibe” decía Francisco de Asís; no es una misión de ir a ganar adeptos o hacer una propaganda del evangelio sino escuchar lo que el Espíritu está haciendo. El corazón de la sinodalidad es escuchar lo que el Espíritu dice en las iglesias, como señala el libro del Apocalipsis. Los jóvenes están pidiendo espacios de adoración, silencio y valoración; lo que vivimos esta semana fue más que dramático en San Cristóbal. Al mismo tiempo, uno descubre a jóvenes que necesitan redescubrir que son valiosos para Dios y la vida es un don y una tarea maravillosa.

-Por la falta de curas te mudaste temporalmente a la localidad de Soledad, ¿cuál fue la motivación y por cuánto tiempo?
-La falta de curas es una parte, la otra es descubrir que Dios me invitaba a esto. En la carta del Papa habla de llevar el evangelio a los más pobres y está muy reflejado en algunas regiones de nuestra Diócesis. Es una invitación a descubrir una conciencia diocesana, un replanteo de nuestro modo de ejercer el ministerio porque en los próximos años va a aumentar esta situación de crecimiento en la edad de los sacerdotes y también la falta de vocaciones. Es un gesto con un mensaje a toda la Diócesis, pero no sé por cuánto tiempo; descubrí que Dios me quiere en ese lugar, el tiempo dirá cuándo estarán dadas las cosas para dar otro paso. Quiero acompañar a esos hermanos que no tienen recursos. Si las parroquias de Rafaela tienen que hacer eventos para sostenerse, imagínate las de esa región, donde el fin de semana pasado para celebrar una misa transité 200 km por caminos de tierra con un esfuerzo económico y en una de las capillas la colecta fue de $500… Esa situación es de misión y a mí me está haciendo bien porque yo quiero vivir el evangelio más radicalmente.
-En tu agenda está volver a la ciudad de Rafaela y recorrer los otros decanatos de la extensa geografía diocesana.
-El intento es no dejar de acompañar con la ayuda de todos porque en Rafaela hay un grupo de curas muy entregados con colaboradores, delegando un montón de cosas con mucha alegría y, a la vez, trato de estar donde Dios quiere. Había una misión en estos días en María Juana, fui allí el lunes pasado para acompañar porque vinieron 16 jóvenes de la escuela franciscana de Uruguay, donde también hay una sede en esa localidad. Además, estuve en San Guillermo. Soledad queda un poco más equidistante de ciertas regiones de la Diócesis y lo he ido palpando.
-Vivimos en un mundo con enfrentamientos y guerras. A la Argentina le cuesta cicatrizar las heridas del pasado, sumado a lo ocurrido hace unos días en la escuela de San Cristóbal, ¿cómo tender puentes de diálogo en momentos de tanta conflictividad?
-El día que canonizaron a Brochero también fue a la monja carmelita Santa Isabel de la Trinidad (1880-1906); ella rezaba diciendo “Señor, pacifica mi alma”. Descubrir a Jesús como Señor de la paz implica pacificar el corazón para poder encontrarnos desde el alma con los demás. A veces, vivimos en una misma casa, no sabemos cuáles son los miedos, los anhelos, las búsquedas y las luchas de quien está a nuestro lado. Compartir desde el alma en un mundo que tiene un corazón inquieto, pero que en vez de buscar a Dios a veces busca el poder o la riqueza o las emociones extremas. Un rabino amigo habló de los deportes extremos donde se arriesga la vida innecesariamente y pareciera que vivimos en los extremos. Bueno, encontrar la sensatez y la sabiduría para disfrutar del don de Dios es preanuncio de una gloria del cielo; alabar y dar gracias en esta vida es soñar con un cielo que abre la vida a la eternidad. En este marco, el diálogo requiere corazones que escuchen y comprendan, juzguemos menos y nos abracemos un poco más. Aprovecho para dar un abrazo de feliz Pascua a los oyentes (lectores), los que te acompañan y los que trabajan tratando de comunicar también buenas noticias.








