Por Ricardo Miguel Fessia.- Hay noticias que llegan como una balumba a nuestra imaginación que nos remite a historias y leyendas de manera que hace imperioso recurrir a esos primeros años que se mezclan con fantasías que las cosas preséntanse en trance de sublimidad y nos hace imaginar empresas tan considerables que rayan lo ideal y extraordinario. Entonces los sentidos parece que se quieren acomodar a la medida de las cosas y nuestra vida emocional se predispone de tal suerte que la misma realidad se transforma, se engrandece, se hace fantástica. Las vidas ya pasadas que dormitan en el fondo de lejanas conciencias, anímanse de pronto, cobran gestos y posturas.
Las emociones que tuvimos en el pasado, atan y recomponen los fragmentos deshechos. Sobre esa reconstrucción ideal, planea el recuerdo en lento vuelo. Entonces las cosas más humildes al contacto de nuestra simpatía de tal modo exaltada, se espiritualiza. Toman forma visionaria.
Temprano en la mañana, llegó la noticia que no queremos saber, pero sabemos que forma parte de la vida misma: falleció Marco Antonio Terragni.
Los Terragni vivían en una casa sobre calle Víctor Manuel, bien frente a la casa de mis abuelos maternos, donde pasaba yo bastante tiempo. Eran tiempos es que había trato cotidiano y amable entre vecinos. Hasta donde llegan mis recuerdos, Marco Antonio estaba recibido de abogado, cuando no tenía yo mucha idea de lo que era ser abogado.
Un día cualquiera, apareció sobre el mueble del comedor principal, donde se guardaba la vajilla, un busto de mi tío que desde siempre fue “pelado”. No era para nada común ver estas obras, solo estaba la de San Martín y algún otro prócer en las plazas o en el pórtico de una escuela. En forma muy breve, sin mayores referencias, me dijeron que la había “hecho Terragni que lo tomó a Primo como modelo”.
Un día esos vecinos, ambos maestros y vinculados al periodismo, se marcharon, mudaron su domicilio.
Pasaron algunos años y en el colegio alguien, algún profesor, comentó la aparición de “La historia de Rafaela”. La primera obra completa sobre el pasado épico de la ciudad. En el diario La Opinión se publicaban breves artículos sobre la empresa de los primeros años, en particular en los días de octubre -fundación de la colonia- o de enero -declaración de ciudad- con esas fotos antiguas como la del tren cruzando la plaza o la construcción de la Iglesia.
Lo cierto es que no pude conseguir esa primera edición -1971- y tuve que esperar hasta la segunda. Con el ejemplar bajo el brazo llegue a la casona de calle San Martín donde me atendió Antonio y amablemente, luego de presentarme, me hizo pasar, para que la autora, su esposa, me firme el libro con cálido afecto que conservo en lugar privilegiado de mi biblioteca.
Largo tiempo batalló Adelina Bianchi para confirmar que Guillermo Lehmann había nacido en Sigmaringendorf. Ironías de la vida, Antonio falleció en una de las visitas a esa ciudad del estado de Baden-Wurtemberg. Era 1982.
El recuerdo más reciente de mi relación con Marco Antonio es de la facultad. Si bien no fui su alumno, cursé Penal I con Roberto Terán Lomas, siendo estudiante y “rafaelino” tuvimos trato periódico. Más adelante la relación se tornó frecuente ya que lo convocábamos para actividades tanto de grado como de posgrado. Recuerdo una jornada sobre “Prensa y Derecho”, donde invitamos los medios de la región a debatir sobre la regulación y los limites de la información, tema que recurrentemente está en la agenda pública. En otras tantas actividades, siempre estaba presente apenas el convite sin ningún tipo de limitación.
Pero en verdad, lo que más disfruté, fueron esas charlas en el stand de Epifanio Romero o en el bar. Era de rigor que los días de clases -siempre por la tarde- o los de exámenes, pasar a saludar a Epifanio y tomar un café. A esa cofradía, me sumaba para estar actualizado sobre la última bibliografía, sobre las novedades de la cátedra y sobre algunos hechos del pasado que siempre eran propicios para entender el presente. Claro que, haciendo un comentario marginal, siempre había alguna novedad rafaelina por analizar.
Epifanio Romero era el último de los libreros -no vendedor de libros- de la ciudad. Claro que de obras jurídicas. Tenía contacto con las editoras de Buenos Aires y con las europeas en tiempos que las comunicaciones eran por carta y los paquetes demoraban una semana desde Capital, y no menos de tres meses los que llegaban de España.
Ambos éramos clientes de Epifanio, pero el trato personal siempre fue la característica del comerciante que en su tiempo tuvo una presencia gravitante. El local de San Jerónimo y Bv. Pellegrini tenía una trastienda donde se urdían acciones.
La visita hebdomadaria al viejo librero la prolongó en su hijo Enrique, durante el tiempo que fue estudiante.
Muy propio de su generosidad me invitó a participar en su portal (https://www.terragnijurista.com.ar) y cada trabajo que le enviaba se subía de inmediato.
Varias veces hice recensión de algunas de sus tantas obras producto de su infatigable vocación por el estudio, la investigación y la docencia. Esto último, tal vez legado de sus padres, era lo que lo motivó siempre. Exponiendo, en los cursos de grado o de posgrado, en jornadas o hasta en improvisadas “exposiciones de pasillo”, se lo notaba exultante y gozoso de su magisterio al cual se sentía obligado no como forma de demostrar su conocimiento, sino como compromiso con la sociedad de la que había recibido los insumos para ser quien era. Todo le interesaba, tanto lo cotidiano como lo profundo, tanto la aplicación de un precepto del Código penal como el fundamento último del sistema de castigo.
Tempranamente había demostrado esa inclinación. Siendo estudiante había sido consejero suplente ante el Consejo directivo y secretario de cultura del Centro de Estudiantes de Derecho en el año 1959.
Era un firme sostenedor que, de todas las teorías tan diversas, de la variada experiencia científica, hay un fondo común de ideas susceptibles de enseñanza y de propagación popular. Así como la solidaridad de las inteligencias sirve a la obra científica, la solidaridad de las voluntades es útil para los sufrimientos humanos que hay que aliviar, para las ideas morales que es preciso esparcir. La fraternidad fundada en la conciencia humana de la solidaridad era el campo fecundo de su accionar como una siembra moral. Esos principios apontocaban su acción.
Había nacido en 1938 en Rafaela del matrimonio Antonio Ángel Terragni -periodista, docente y escultor- y Adelina Dominga Bianchi -docente e investigadora-. Formó su familia con Graciela Signorini de la que nacieron Enrique y Gabriela.
Largo sería apenas nombrar los títulos de sus obras o las tribunas universitarias que ocupó. Solo menciono que conozco a pocos con es CV.
El buril paterno lo trocó por la cámara fotográfica, la pluma de la madre se prolongó en sus tantas obras en las que abrevaron legiones de estudiantes y abogados.
Con Borges, podrá decir: “Ya somos en la tumba las dos fechas/ del principio y el término. La caja,/ la obscena corrupción y la mortaja,/ los triunfos de la muerte, y las endechas”.








