Invitados a ir a Belén, la escuela de ternura

Tenemos que ir a Nazaret para recrear el sentido de la vida y el trabajo frente al desafío de la era digital; del silencio y la interioridad en una cultura tan ruidosa; de los vínculos familiares, afectivos que se enraízan en el Dios trinitario, comunión, amor, familia, en un mundo en que la soledad, el aislamiento, el no sentirse amados (incluso en medio de la multitud) aparece como una silenciosa pandemia.

Por Pedro Torres.- Vivimos tiempos de transformación profunda que tocan cada ámbito de nuestra vida, la sociedad y el planeta; un cambio cargado de incertidumbres, de ansiedad o desarraigo, de violencia, que indican también la necesidad de reencontrar nuestra dimensión espiritual.
Hace poco más de sesenta años cuando san Pablo VI visitaba como peregrino Tierra Santa, primer sucesor del apóstol Pedro en hacerlo, con asombro expresó en Nazaret que se sentía invitado allí a hacerse como niño y entrar a la escuela de la laboriosidad, el recogimiento y los vínculos de familia. Nosotros siempre discípulos, aprendices, también tenemos que ir a Nazaret para recrear el sentido de la vida y el trabajo frente al desafío de la era digital; del silencio y la interioridad en una cultura tan ruidosa; de los vínculos familiares, afectivos que se enraízan en el Dios trinitario, comunión, amor, familia, en un mundo en que la soledad, el aislamiento, el no sentirse amados (incluso en medio de la multitud) aparece como una silenciosa pandemia.
En la senda de Pablo VI, como un paso previo a la luz de la Navidad, tal como lo experimentó Francisco de Asís, necesitamos aprender en la escuela de ternura. Aprender del rostro y el cuerpo de un niño que revela el corazón del Dios de la vida, de la fragilidad convertida en sacramento para el que sabe ver más allá de las apariencias. La ternura humaniza, desarma, ablanda el corazón y nos contagia una alegría gloriosa en las alturas y pacificante en la construcción del mundo. La ternura no es debilidad sino asombro que transforma. Al culminar el Jubileo de la esperanza podemos descubrir incluso que la ternura es el alma de la esperanza.
Como a los pastores en la noche de Navidad, Dios nos sorprende en la oscuridad, en nuestras noches personales y culturales, y nos anuncia la buena noticia de su cercanía, de su presencia, de su amor en la carne de un niño acostado en el pesebre (o mejor la pesebrera) alimento de vida nueva.
A veces hemos presentado nuestra fe como un conjunto de enunciados que aprender de memoria. Pero Dios no es «algo» que se puede definir, medir o pesar, sino «Alguien» que sale a nuestro encuentro porque quiere entrar en relación con nosotros. En este venir a nuestro encuentro nos ha manifestado su belleza, ternura y generosidad.
«Es Alguien más tierno que una madre» decía Santa Teresita, dejando resonar la misma escritura nos recuerda que «como un padre siente ternura por sus hijos, así siente el Señor ternura por sus fieles» (Sal 103, 13).
No podemos olvidar las numerosas veces que la Biblia afirma que «Dios es compasivo y misericordioso». Pues bien, «misericordioso» en hebreo se dice «Rahum», que es una derivación de «Rehem», que significa «seno, útero materno». Lo que quiere decir que Dios nos ama con la ternura de una madre que nos hubiera generado y dado a luz. Así lo vivió san Juan de la Cruz: «Comunícase Dios con tantos gestos de amor, que no hay afición de madre que con tanta ternura acaricie a sus hijos, ni amor de hermano, ni amistad de amigo que se le compare. ¡Tan profunda es la dulzura de nuestro Dios! Él se emplea en regalar al alma como la madre en servir y regalar a su hijo, criándole a sus mismos pechos» (san Juan de la Cruz, «Cántico Espiritual»).
San Francisco de Sales pedía la ternura como gracia con una oración que podemos hacer nuestra en esta Navidad diciendo: “Con tu ayuda, Señor, quiero la dulzura a través de los encuentros y contratiempos diarios. Tan pronto como me dé cuenta de que la ira se enciende en mí, reuniré mis fuerzas no violentamente, sino con dulzura y buscaré restablecer mi corazón en la paz. Sabiendo que no puedo hacer nada solo, me ocuparé de invocarte para que me ayudes. Enséñame a ser dulce con todos, incluso con quienes me ofenden o se oponen a mí, e incluso conmigo mismo, para que no me derrumbe por mis defectos. Cuando caiga a pesar de mis esfuerzos, me levantaré dulcemente y diré: «vamos, pobre corazón mío, levantémonos y dejemos para siempre este hoyo, recurramos a la misericordia de Dios, que nos ayudará. Amén» (San Francisco de Sales).
Queridos rafaelinos con el deseo que esta Navidad nos llene de alegría y esperanza, ternura y paz les deseo feliz Navidad .

El autor es el obispo de la diócesis de Rafaela.

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