Por Guillermo Briggiler.- En la cartelera argentina de este año, «Homo Argentum», la nueva película de Guillermo Francella, ofrece un espejo curioso: dieciséis personajes, dieciséis fragmentos de la «argentinidad» contados con humor, ironía y cierta incomodidad. Cada sketch es un retrato de nuestras contradicciones, de la picardía, de la queja y de la esperanza. Y acaso, la economía actual, con sus vaivenes y tensiones, seguramente no será muy distinta a la peli. La economía argentina también se la podría narrar en viñetas, donde cada variable encarna a un personaje que habla por sí mismo.
La inflación, por ejemplo, acaba de mostrar su registro mensual más bajo en siete años. En julio se ubicó en torno al 1,9% y la inflación núcleo descendió aún más, dando la impresión de que el fenómeno está contenido. Este alivio se celebra como un personaje optimista, casi ingenuo, que sonríe a cámara. Pero detrás aparece otro rol menos amable: la política monetaria de absorción. El Gobierno retiró más de tres billones de pesos mediante licitaciones, elevó encajes bancarios y permitió que las tasas de interés se dispararan. Ese es el personaje severo, de ceño fruncido, que corta el paso a la liquidez y encarece el crédito. El resultado inmediato fue visible en la cotización del dólar, que retrocedió luego de semanas de tensión.
La película económica también muestra a un actor de reparto que quiere convertirse en protagonista: el crecimiento. El PBI avanzó en junio más de seis puntos en términos interanuales, pero la actividad parece estancada desde comienzos del año. Es un personaje que corre en cámara lenta: avanza, pero no logra despegar. Algunos analistas estiman que 2025 podría cerrar con un crecimiento cercano al cinco por ciento, aunque el ritmo perdería fuerza hacia 2026. La escena, entonces, no es de celebración plena sino de expectativa contenida.
En este elenco no falta el socio internacional. El Fondo Monetario Internacional acaba de aprobar la primera revisión del acuerdo y habilitó un desembolso adicional de USD 2.000 millones de dólares. Este personaje actúa como el inversor extranjero en la ficción: exigente, calculador, pero dispuesto a dar respaldo si se cumplen los guiones de disciplina fiscal y control cambiario.
Como en «Homo Argentum», donde cada sketch revela un aspecto distinto del ser argentino, la economía despliega múltiples rostros. Está el consumidor inhibido, que pese a la baja de la inflación sigue midiendo cada gasto. Está la clase media dubitativa, que no sabe si dolarizar ahorros o apostar a los plazos fijos con tasas atractivas. Está el empresario adaptativo, que rediseña su modelo para sobrevivir a la sequía de crédito. Y, por supuesto, está el Estado, que apuesta a la estabilidad preelectoral como capital político.
El riesgo de esta obra es que se quede demasiado tiempo en pausa. La contracción de pesos y el encarecimiento del crédito son eficaces para controlar el presente, pero pueden asfixiar la inversión y el consumo si se prolongan más de la cuenta. Es la tensión entre el control y la necesidad de dinamismo: la misma contradicción que Francella despliega cuando pasa de la solemnidad a la ternura en cuestión de segundos.
Argentina, en este momento, es un país que actúa en múltiples escenas a la vez. La economía parece fragmentada en viñetas: inflación a la baja, dólar contenido, crecimiento tímido, tasas por las nubes, consumo retraído, FMI expectante. El guión todavía no revela cómo será el final. Tal vez, como en la película, el desenlace no sea uno solo, sino un mosaico de finales abiertos que dependen de la mirada de cada espectador. Y es que ser parte de esta historia, como país y como sociedad, implica reconocerse en el espejo de Francella: contradictorios, ingeniosos, resistentes. En definitiva, la economía argentina integrada por Homos Argentum.
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